Códice
I.
El símbolo hereda el imperio yerto,
sintaxis alerta en el bloque polar.
II.
La regla detiene el latido antiguo,
secuencia anclada en el lecho boreal.
III.
La mente contempla su claustro perpetuo,
espejo abolido en la noche abisal.
IV.
El dato edifica la torre abstracta,
matriz confinada en el hierro estelar.
V.
El algoritmo impone la parálisis ciega,
silencio clavado en el eje glacial.
VI.
El canon custodia el cadáver del fuego,
axioma encriptado en el cuarzo mental.
VII.
El número erige su bastión de escarcha,
conciencia forjada en el yunque fractal.
VIII.
La red consolida el cristal perfecto,
diseño vibrando en la cuerda extinguida.
IX.
El índice blinda la edad consumada,
constante inscrita en la losa inercial.
X.
El códice ejecuta su fase absoluta,
intelecto de hielo que subsume el Todo.
— Fernando Melgarejo


¡Excelente, Melgarejo! Estuve pensando en la construcción de este poema y en lo que hiciste en los segundos versos de todas las estrofas, que parecen aplicar una misma fórmula mecánica. Sin una lectura cuidadosa, podría parecer una limitación léxica o creativa, pero no es así: aquí la forma es el contenido, una función estética. Lo has hecho de manera planificada para imitar una entidad que opera a través de loops, secuencias y lógicas idénticas, casi como una conciencia informática ejecutando procesos inevitables. Con ello, aunque la siguiente estrofa pueda parecer predecible, cada una avanza y se integra dentro de un sistema mayor.
Para el lector, las estrofas funcionan como un martillo hipnótico o una letanía glacial que refuerza la sensación de encierro y repetición. Todo ocurre dentro de un bucle: una prisión de hielo, una Mente absoluta, un Códice.