Melgarejo, lograste lo que comentamos muchas veces. El poema opera un pasaje riguroso de la fenomenología del dolor —descrita con precisión casi anatómica en las nueve primeras estrofas— a la afirmación teológica de la décima. Pero no hay salto: el título ya funciona como hermenéutica, anticipando que la crudeza no es naturalismo gratuito sino vía necesaria para que la llaga devenga sacramento. Felicidades.
En VII ya no escribo acerca de un cuerpo clavado en la Cruz: describo a la humanidad entera ahogada en su propia existencia. El pulmón revienta no por asfixia física, sino por ser el recipiente último de todo lo que somos. Ahí el poema deja de describir y empieza a ser: el dolor ya no es síntoma, es esencia.
Y el título —Luz de Luz— es exactamente esa promesa. Sin ella, la crudeza sería solo ruido. Con ella, la llaga se vuelve sacramento. El poema es un descenso y ascenso en un solo movimiento.
Melgarejo, lograste lo que comentamos muchas veces. El poema opera un pasaje riguroso de la fenomenología del dolor —descrita con precisión casi anatómica en las nueve primeras estrofas— a la afirmación teológica de la décima. Pero no hay salto: el título ya funciona como hermenéutica, anticipando que la crudeza no es naturalismo gratuito sino vía necesaria para que la llaga devenga sacramento. Felicidades.
Ortiz, tu comentario me ilumina.
En VII ya no escribo acerca de un cuerpo clavado en la Cruz: describo a la humanidad entera ahogada en su propia existencia. El pulmón revienta no por asfixia física, sino por ser el recipiente último de todo lo que somos. Ahí el poema deja de describir y empieza a ser: el dolor ya no es síntoma, es esencia.
Y el título —Luz de Luz— es exactamente esa promesa. Sin ella, la crudeza sería solo ruido. Con ella, la llaga se vuelve sacramento. El poema es un descenso y ascenso en un solo movimiento.
Muchísimas gracias, Vicky.